Historia Cotidiana 7

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Aun no había anochecido y Luis ya arrastraba sus pies sobre la arena rumbo a la playa. Era una tarde de final de verano y los últimos bañistas remoloneaban junto a la orilla admirando el ocaso inminente que iba apoderándose del cielo.
Algunos de sus compañeros de pesca ya se encontraban frente al mar disponiendo sus “cachibaches” con orden casi enfermizo. La pesca con caña suele ser todo un ritual de aparejos, plomos y anzuelos, aderezado con una gran dosis de paciencia y altos niveles de fe. Luis lo sabía bien, no en vano había sido pescador de la cofradía de su pueblo, la misma que Pedro, patrón de su principal barco rival.
Se habían pasado la vida retándose uno al otro, desde niños, desde aquella tarde a la salida del colegio, cuando el padre Anselmo organizó un torneo de futbol y los nombró capitanes de los equipos rivales. A partir de aquel momento se autoproclamaron: “enemigos institucionales”, aun sin justificación aparente. Crecieron buscando mil modos de sabotear al otro; más tarde, crearon pandillas rivales que pelearon durante años a la mínima ocasión y llegaron a la culminación máxima cuando apareció Teresa. ¡Ay !Teresa…
Aquella joven de ojos vivos y lengua afilada consiguió que ambos cabecillas abandonaran sus antiguas metas futbolísticas y encontraran un nuevo objetivo por el que competir: el amor de Teresa. Antes de cada partido le pedían un beso de buena suerte, que ella repartía equitativamente alternando la mejilla de uno o de otro en función del día. Aquel ritual se convirtió en imprescindible y los llevó incluso a no disputar un partido tras negarse la joven a escoger un vencedor con su beso de la fortuna. Teresa adoraba a ambos muchachos: emprendedores, valientes y dispuestos a todo por ella. No podía decidirse, así que solía decirles que su marido ideal sería aquel que consiguiera aunar lo mejor de cada uno. Pedro era ambicioso y valiente, hasta el momento había conseguido todo lo que quería, pues no le daba miedo echarse a la mar a pesar de las inclemencias del tiempo, lo que había hecho que ya de muy joven fuera dueño de varias embarcaciones. Su mirada era tan arrolladora como su carácter y su sonrisa se volvia contagiosa. Luis, en cambio, era tierno y algo tímido, siempre dispuesto a protegerla, a sorprenderla con pequeños detalles. Había heredado un antiguo barco de su padre con el que faenaba en solitario y no había hombre más trabajador y constante en toda la cofradía.
Luis miró el cielo, ya teñido de un rojo intenso, y sonrió. El mar estaba en calma, tan solo una ligera brisa empujaba a las olas hasta acariciar sus pies a modo de saludo. Desplegó la silla y dejó la cesta y las cañas en el suelo, antes de saludar a su compañero de afición con un ademán de cabeza. Su vecino contestó del mismo modo, otro ritual habitual entre los pescadores de la playa. Les gustaba estar callados, el silencio de sus gargantas daba voz al mar , que lanzaba acompasados rugidos a modo de canción. Luis necesitaba aquel ronroneo de fondo, aquel sonido que durante tantos años lo acompañó en las noches de soledad a bordo de su barco.
Una vez instalado, rebuscó en la bolsa y extrajo un libro de poemas junto a un pequeña luz; al momento sonó un chasquido de reprobación y una risilla forzosa. Un aroma intenso a puro contaminó el entorno, secuestrando el fresco olor a sal y a mar que el viejo pescador tanto adoraba. No pudo evitar responder a la provocación con un  áspero gruñido.
De pronto, la caña de su vecino se movió nerviosa y este se levantó con una rapidez inusual para su avanzada edad, recogiendo el hilo con dedos temblorosos. No importaba los años que llevaran haciéndolo, cada vez que el sedal avisaba de una posible captura el corazón se aceleraba y las pupilas se dilataban expectantes. Luis no pudo ver bien la pieza, pero hubiera jurado que era una dorada. Su compañero se postró ante él y le mostró el pescado, sonriendo  con satisfacción poco disimulada
─Teresa hoy va a estar contenta, ya sabes que le encantan las doradas
Luis asintió en silencio. A pesar de los años, aquel nombre aun seguía estrangulando su estómago con mil nudos de decepción.<<Eres un buen hombre, pero Pedro siempre consigue hacerme reír, aunque no quiera>>. Así fue como ella decidió su futuro: persiguiendo el sonido de una risa embaucadora.
No había día que Luis no recordara aquella noche de despedida. Sus dulces labios rozando los suyos, absorbiendo todas las promesas que quedarían sin cumplir, al convertirlo en su último beso tras aquella sentencia . Teresa escogió a Pedro y él se hizo a la mar; se enroló en un pesquero hacia el norte de áfrica y cuando volvió le recibió la confirmación de la boda y el embarazo. Pedro había ganado la partida definitiva, la más importante de su vida.
No volvieron a hablarse, tan solo aquel leve gesto de cabeza a modo de saludo o alguna mirada de reojo mal disimulada. Hasta que el capricho del destino volvió a juntarlos en aquella porción de arena.
La tarde siguiente, como cada día en los últimos años, Luis volvió a su puesto en la playa. Le sorprendió ver que Pedro no se encontraba allí y, más que alivio, le traicionó un sentimiento confuso de inquietud. ¿Sería posible que después de tanto rencor aun le quedaran fuerzas para preocuparse por él?
Pasó tres noches de silencio forzado, alargadas  hasta el infinito por culpa de la soledad. Se sorprendió echando de menos su sonrisa socarrona ,aquel chasquido desagradable e incluso el fuerte olor a puro. Pero lo que mas echó de menos fue aquella patente competición entre ellos; si Pedro no estaba, la pesca había perdido todo su interés.
El cuarto día vio su silueta en la orilla. Reconoció al instante su espalda ligeramente encorvada y el pelo cano asomando bajo la gorra. Ya no quedaba nada de aquel joven altivo y arrogante de su juventud.
Llegó hasta él y dispuso el material sobre la arena. Al girarse para dedicarle su habitual saludo silencioso ,descubrió a Pedro mirando al mar con ojos humedecidos. No había puro, ni sonrisa, ni risa contagiosa. Sostenía un cofre entre sus manos, al que se abrazaba con gesto doloroso y , por primer vez, pudo observar los surcos de su piel, pequeños recordatorios de que lo vivido ya era mucho más que lo que quedaba por vivir . Aquel anciano ya no era su enemigo, tan odiado en el pasado, tan solo era un buen compañero con el que compartir las tardes de pesca.
Luis lo miró interrogante, al ver que no reaccionaba a su presencia. La voz de Pedro tembló entre ellos
─Ella siempre te amó. Nos amó…En realidad, nunca pudo decidirse ─Le mostró el cofre, que Luis reconoció como una urna funeraria─ Esta vez nos la ha jugado a los dos
Y sonrió, una sonrisa mas amarga y resignada de lo habitual, pero que aun conservaba algo de aquello que tanto había cautivado a Teresa.
Aquella noche, sobre el rugido de las olas, el llanto de dos ancianos sonó acompasando el vaivén del mar, mientras un nube de cenizas flotaba sobre la oscuridad del agua, hasta fundirse en sus entrañas dispuesta a formar parte de ella.
Pasaron los años  y ambos continuaron con su rutina. Cada noche bajaban a la playa dispuestos a pescar una buen pieza o a disfrutar de un rato de buena compañía, que más daba.Como dos niños, seguían compitiendo sin descanso; Pedro aun chasqueaba  la lengua al ver a su compañero leyendo delicados poemas y Luis gruñía cada vez que le llegaba el olor rancio del tabaco.

Habían cambiado el ademán de cabeza por un saludo y una sonrisa. El primero que llegaba solía esperar paciente al otro .Una vez se encontraban ambos frente al mar, lanzaban la caña y repetían al unísono con una sonrisa maliciosa
─Buenas noches Teresa. ¿A quién le vas a dar la suerte hoy?