Historia cotidiana nº1

# Historia Cotidiana número 1

Alicia. El Guardián de los sueños
Entró en el andén y una lengua de aire, húmeda y caliente, lamió su rostro. Buscó a uno y otro lado, con ojos somnolientos, inspeccionando a los dos únicos pasajeros que transitaban a aquella hora de la madrugada. Uno era un hombre corpulento con aspecto de haber destilado más alcohol en sus venas del aconsejable. Junto a él, un joven de pelo desgreñado movía la cabeza al ritmo de la música de unos grandes auriculares con una calavera dibujada en ellos.
Alicia suspiró, deseando que el hombre del fondo no le causara problemas, pues la mirada nebulosa que le había dedicado al entrar no auguraba nada bueno.
En los diez años que llevaba como enfermera del turno de noche se había resignado a lidiar con todo tipo de personajes. Se había vuelto una experta en capturar el color de las almas de quien tenía delante con una sola mirada. Según ella, el alma de cada persona emite un color, de más o menos calidez en función de la maldad que acumula en su interior .Y la de ese hombre era negra como el carbón.
El pitido del tren la sorprendió y la obligó a levantarse como un resorte. Con un poco de suerte, el hombre se introduciría en el otro vagón y la dejaría en paz. No fue así, esperó a que ella entrara y se sentó al fondo del cubículo con la mirada vidriosa fija en ella.
Alicia bajó la cabeza resignada; los párpados le pesaban, vencidos por el sueño. Dos estaciones, pensó, dos estaciones y él vendrá. Al recordarlo, una pequeña sonrisa asomó a su rostro, afinando las líneas de expresión de su piel, que el cansancio se había encargado de marcar mas de lo habitual. Se habían conocido varios años atrás, cuando uno de esos indeseables que recorren los subterráneos del metro en busca de víctimas la molestó. El salió en su defensa y se sentó a su lado, protegiéndola. Sabía poco de su vida, tan solo lo que había deducido uniendo retazos perdidos de una conversación escuchada a hurtadillas, pero tampoco le importaba demasiado. Solían mantener el silencio durante las trece paradas que duraba el trayecto. Curiosamente, era un silencio cómodo, con el que ambos se deleitaban. El único momento del día en que creía que realmente todo era posible, donde alguien le demostraba que se preocupaba por ella. No hacían falta palabras cuando las almas eran del mismo color…Y las suyas eran de un rosa pálido resplandeciente. Pero aquel día, alguien rompió aquella intimidad y la despertó de su ensoñación, llamándolo por su nombre. Supo que se llamaba Antonio y que durante aquel trayecto compartido se dirigía a su trabajo como vigilante en una fábrica de zapatos. El instinto hizo que Alicia escondiera sus pies avergonzada al oír aquello, sus desgastados zuecos necesitaban un cambio hacía años. Pero un marido holgazán y cuatro niños que mantener no le dejaban espacio a la insignificancia de las necesidades personales.
Una estación, ya solo quedaba una parada y podría introducirse de nuevo en aquel mundo paralelo que tanto anhelaba. Levantó la vista asustada, al ver que el individuo de alma negra se había acercado sigilosamente; ya solo los separaba una fila de asientos. Los nervios comenzaron a aflorar, dejándose ver en un repiqueteo continuo de su pierna sobre el suelo. ¿Y si no venia? No había faltado a su cita en los últimos cinco años, pero Alicia era consciente de que algún día sucedería. Se cansaría de ella o simplemente conocería a alguien con quien compartir algo más que un viaje en metro, una vida quizás. Aunque esta fuera tan absurda como la suya, atrapada en un presente que detestaba.
La cabezada inconsciente la avisó de que ya estaba llegando al límite de sus fuerzas. Sentía su cuerpo rindiéndose, abandonándose al abismo, y necesitaba hacer verdaderos esfuerzos para conseguir mantener sus párpados abiertos. La luz del andén la animó a aguantar unos minutos mas, sabía que solo necesitaba verle para sentirse segura.
Volvió a temer que él hubiera cambiado de opinión. Fuera de allí su relación no tenía cabida, pero en aquel submundo subterráneo sentía que todo era posible, una vida plena se abría paso hacia el futuro, que jamás avanzaría más allá de la estación número trece. Cuando llegaba a su destino y salía al exterior, la luz del sol desvanecía cualquier absurda esperanza de ser feliz.
Sus ojos se movieron espasmódicamente al ritmo de las imágenes que avanzaban al otro lado del cristal. Buscó su esbelto cuerpo en el andén, su tímida sonrisa, su dulce mirada. Su corazón recibió un pellizco al no encontrarlo.
Revisó hasta donde le dejaba la visión de la ventanilla, aun a sabiendas que era imposible que estuviera en otro vagón. Durante todos aquellos años, él la aguardaba de pie en el lugar exacto que la puerta automática del vagón se detenía milimétricamente día tras día.
El pitido volvió a acelerar su corazón y la máquina exhaló un suspiro, denso y angosto, anunciando que su última oportunidad de ser feliz se le estaba escapando de las manos.
Alicia se maldijo a sí misma, al sentir una lágrima asomando a sus ojos. Buscó al hombre que antes le había parecido amenazador y le arrojó una mirada de tal desprecio que el individuo se obligó a mantenerse sentado.
La puerta se abrió de repente y Antonio entró resollando, sudoroso, con aspecto de haber corrido más de lo habitual.
Sus ojos se encontraron, inquietos, y un leve gemido escapó de los labios de la joven. Como siempre, él se sentó a su lado en silencio y su aroma pareció invadirlo todo, sosegando el corazón de Alicia, que volvió a palpitar con suavidad.
Habría querido decirle tantas cosas…, pero sus labios solo osaron musitar un susurro
─Buenos días…
El sonrió y contestó con satisfacción
─Buenas noches, Alicia.
Y ella cerró los ojos,

Ilustración Elena Aguilar
Ilustración Elena Aguilar

dispuesta a sumergirse en aquel mundo inventado que tanto anhelaba: su vida soñada. Apoyó la cabeza en el frío cristal de la ventana y sonrió. Al fin podía dormir tranquila, el Guardián de sus sueños velaba por ella.

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